Senderos de Ilusión
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martes, 25 de junio de 2013
Duerme la blanca rosa, pero no muere..
Duerme la rosa
dulcemente acariciada por la brisa marina
duerme la rosa
mientras las olas refrescan sus momentos
duerme la rosa
y el sol le de la vida
duerme la rosa, en cada melodía.
Joluhepe un 25 de un junio de un 2013
lunes, 17 de junio de 2013
La tenacidad del escritor
La tenacidad del escritor
No cabe duda de que para la creación literaria son necesarios unos cuantos dones y uno de los más difíciles de poseer y de mantener es el don de la tenacidad. La tenacidad en el escritor ha de ser legendaria, como lo son las historias que, en ocasiones, se persiguen. Esa tenacidad del escritor ha de permitirle enfrentarse a una Nessie que se desdibuja con cada cresta de agua del lago, a un Big Foot que se oculta tras el árbol más delgado del bosque, o a una nave extraterrestre que nunca se espera a que llegue otro testigo de que la vimos.
Para algunos escritores famosos la tenacidad del escritor es su mejor arma contra sus fantasmas
Para Faulkner: “El artista sigue trabajando sin descanso y volviendo a recomenzar: y cada vez cree que logrará su fin, que integrará su obra. No lo logrará, como es natural; y de ahí la razón de que este estado de ánimo sea fecundo. Si alguna vez lo consiguiera, si su obra llegara a poder equipararse con la imagen que de ella se hizo, con su sueño, sólo le restaría precipitarse desde el pináculo de esa perfección definitiva, y suicidarse.”
La tenacidad en el escritor, en ocasiones, debe superar los límites que el propio escritor le puso en su imaginación. ¿Cuándo puede decir un escritor rendirse ante un proyecto que se resiste?, ¿Cómo sin conocer sus límites?, ¿Desde cuando un explorador amazónico vuelve sobre sus pasos ante la inmensidad de la selva? No, la tenacidad ha de estar presente siempre y sin límites, como un acto de fe en las propias posibilidades, en las propias fuerzas.
Dice Camus: “La creación es la más eficaz de todas las escuelas de paciencia y lucidez. Es también el testimonio transformador de la única dignidad del hombre: la rebelión tenaz contra su condición, la perseverancia en un esfuerzo considerado estéril. Exige un esfuerzo cotidiano, el dominio de sí mismo, la apreciación exacta de los límites de lo verdadero, la mesura y la fuerza. Constituye una ascesis. Todo eso “para nada”, para repetir y patalear. Pero quizá la gran obra de arte tiene menos importancia en sí misma que en la prueba que exige a un hombre y la ocasión que le proporciona de vencer a sus fantasmas y de acercarse un poco más a la realidad desnuda”.
Con base en su tenacidad, el escritor no debe tener límites ni temer dificultades; el título de escritor lo consigue uno en lo más alto de esa empinada montaña que es escribir, al otro lado de ese desierto árido, áspero e inhóspito que es la escritura. Incluso, puede que tal título no exista ni deba existir. Pero sin la tenacidad adecuada nunca lo sabremos.
El destino de un escritor es el camino de las letras que recorre; y cada texto que escriba debe confirmárselo. Podemos concluir que, la tenacidad para un escritor es una forma de vida.
La tenacidad del escritor
Víctor J . Sanz
miércoles, 12 de junio de 2013
lunes, 10 de junio de 2013
El miedo al papel en blanco
El miedo al papel en blanco no existe. Es un mito, el papel blanco no come escritores.
Un verdadero escritor no tiene miedo al papel en blanco, muy al contrario: lo ama, lo busca y se entrega a él como un amante fogoso, hasta disolverse en él como un azucarillo. El papel en blanco es una invitación permanente para aquellos que siempre tiene algo que decir.
El papel en blanco, al contrario de lo que muchos piensan, no representa un vacío exterior, sino que representa un vacío interior, y un escritor nunca está vacío por dentro, jamás. Por tanto el concepto del miedo al papel en blanco debemos aplicarlo o vincularlo a otras actividades profesionales no relacionadas con la escritura en ninguna de sus formas.
A pesar de todo, ¿puede un escritor tener miedo al papel en blanco?
Si a pesar de todo, eres escritor y crees tener miedo al papel en blanco, lo más probable es que una de las dos cosas no sea cierta, o bien no es cierto que seas escritor o bien no es cierto que tengas miedo al papel en blanco.
Aún así, si te mantienes firme en ambas creencias, tal vez todo se reduzca a una falta de capacidad para ordenar tus ideas o de práctica en el arte de confinarlas en un papel en blanco.
Prueba alguna de estas 8 vías:
- Escribe un carta a un amigo o un familiar.
- Comienza con ese diario que siempre quisiste escribir.
- Escribe el peor relato que tengas en la recámara y sácalo de ti a modo de exorcismo, podría estar obstruyendo los conductos naturales de comunicación entre el escritor y el papel. Después todo irá más fluido.
- Describe lo que estás viendo, deja volar tu imaginación por un paisaje y ponle una temperatura y un olor, siente el viento que corre por él.
- Observa la imagen de una persona, habla con ella, insite hasta que te conteste y te cuente su vida.
- Lee la prensa, que nunca pierde esa cualidad de sorprender a la imaginación más retorcida.
- Lleva tu imaginación hasta el lugar de un crímen, ella sabrá que hacer con ese papel en blanco que tanto miedo crees que te da.
- Ve a un lugar con mucha gente, obsérvales, imagínales una vida, imagínales secretos por los que darían esa vida, hazles interesantes.
Si aún así, sigues creyendo que eres escritor y que tienes miedo al papel en blanco. Aparta de ti el papel en blanco por un momento y lee, lee y lee; tanto textos literarios del género que te gusta escribir como de cualquier otro género. Apenas pasarán unos minutos cuando ya seas tú quien de miedo al papel en blanco.
Miedo al papel en blanco
Víctor J. Sanz
miércoles, 5 de junio de 2013
La Impaciencia del escritor
6 enemigos del escritor
Los enemigos del escritor son muchos, y no habitan en lejanas montañas o en oscuras y húmedas cuevas, ni siquiera en los despachos de Hacienda, hablamos de enemigos del escritor normal y corriente, que somos la mayoría. De entre todos esos enemigos, hoy hablaremos de 6 de los más corrientes:
1.- La inspiración ha perdido mi tarjeta de visita. Te pones a escribir y, después de llenar un par de papeleras, te das cuenta de que hoy no te salen las cosas. Decides ponerte una copa y asomarte a la ventana, a ver si viene la inspiración camino de tu casa. Resulta que la inspiración perdió tu tarjeta de visita y no encuentra tu casa. Resignado, crees que lo mejor es seguir intentándolo, estás convencido de que bien pudiera ser “escritor” el superlativo de “tozudo”. Cuando entras en calor, y has llenado varios folios, llaman a la puerta, pero sigues trabajando. Vuelven a llamar pero, ¡cómo lo vas a dejar ahora que todas las piezas encima de tu mesa parecen un todo!, ni se te ocurra levantarte. Nunca sabrás quien llamaba a tu puerta, puede incluso que fuera la inspiración, pero no pudiste atenderla porque estabas trabajando. ¡Bien hecho!
2.- El juego de las comas ocultas. Algunos escritores se toman muy a pecho el objetivo de asfixiar a sus lectores quitándoles todas las comas que la lógica les obligaría a poner en su texto. El resultado es un entramado mortal de frases más largas que la capacidad pulmonar del lector medio, lo que convierte a un texto en un arma de destrucción masiva en potencia. No se puede exigir al lector que, para leer nuestro texto, se prepare físicamente como para una prueba olímpica. Otra versión de este malvado juego consiste en lo que podríamos llamar una diarrea de comas, lo que puede provocar hiperventilación en algunos lectores sensibles y, en casos extremos, puede hacerlos entrar en coma. Un ritmo natural, bien puntuado, hará de nuestro texto algo apreciable y susceptible de ser bien puntuado, a su vez, por el lector. Los signos de puntuación son uno de los más afilados enemigos del escritor.
3.- La palabra impuntual. Dice Guy de Maupassant: “Cualquiera que sea la cosa que se quiere decir, solo hay una palabra para expresarla, un verbo para animarla y una adjetivo para calificarla. Hace falta, por lo tanto, buscar hasta encontrar esa palabra, ese verbo y ese adjetivo; y no conformarse nunca con un casi, ni recurrir nunca a una superchería o a un juego de palabras para evitar la dificultad.” Es decir, si la palabra que necesitamos no llega puntual a su cita con nuestro texto, no nos impacientemos tomando la primera que se le parezca, porque, como dice Maupassant solo hay una.
4.- El nuevo rico. Acabas de darte un atracón de diccionario, has descubierto un montón de palabras que desconocías total o parcialmente o que, simplemente, habías olvidado por desuso. Estás ansioso por utilizarlas, por utilizarlas todas, todas en el mismo texto, texto con el que atosigarás al primero que se te cruce. Error. Otra vez la impaciencia, en una de sus múltiples caras, se ceba contigo. Por ejemplo: la inmensa mayoría de las veces un solo adjetivo suele ser suficiente para describir un objeto, un sentimiento, un color…; un segundo adjetivo suele NO aportar nada en absoluto a la imagen que se quiere crear. (La poesía no se ve amenazada por este enemigo).
5.- El adverbio ‘incómodamente invitado’. A la manera de Stephen King o, dicho de otro modo, StephenKingmente, el uso y abuso de los adverbios suele convertir un texto en poco apetecible, aportándole un toque de formalidad que aleja toda posibilidad de llegar a lo más hondo del lector, a menos que se esté redactando un ensayo científico y no se pretenda alcanzar lo más hondo del lector. Como dice King, evita el adverbio siempre que puedas y, cuando no sea posible evitarlo, evítalo de todas formas.
6.- El jardín ajeno. El jardín ajeno es, tal vez uno de los más sibilinos enemigos del escritor. Si vas a meterte en un jardín, que sea un jardín conocido, un jardín amigo que no esconda peligros inesperados de los que, a buen seguro, no saldrás indemne. Escribe sobre lo que sabes, pero si con todo, te ves escribiendo sobre algo que no conoces, conócelo antes de seguir. Documéntate, infórmate, examina el terreno, porque de lo contrario es seguro que el lector sabrá, tarde o temprano, que ni te documentas, ni te informas, ni examinas lo que haces y pensará, con razón, que no le aportarás nada de interés con tu texto.
6 enemigos del escritor
Víctor J. Sanz
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