Senderos de Ilusión

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martes, 4 de marzo de 2008

Toma de notas II

Al cerrar la puerta tras de si, Carmen, sintió un alivio a la vez que notaba como definitivamente se había cerrado una etapa de su vida. Marta bajaba las escaleras como quien se apea de un tren en marcha.

La vida tiene esos encantos y a la vez nos llena de decepciones que nos hacen revolvernos en nuestro propio interior, arrojándonos fuera, con la inercia de no saber muy bien hacia donde nos dirigimos en un momento dado. Son las contrariedades de cada cual, son esas vivencias que nos arrojan al vacío desde el precipicio del momento.

Carmen noto un escalofrío en su piel que la recorrió todo el cuerpo, los bálsamos forman parte de uno mismo, de esas sensaciones que no sabes muy bien porque nos incomodan y nos dejan en el desencanto de haber obrado incorrectamente, cuando deberíamos haber cuidado cada detalle, de alguna manera de habernos protegido de esas formas de hacer tan crueles.

Marta había actuado de nuevo de una manera egoísta, utilizando a Carmen como quien utiliza un envase, arrojándola al cubo amarillo para ser reciclado, era su manera de ver la vida, me sirves, hasta que dejo de utilizarte.

Carmen estaba dolida, lloró en su interior por esas maneras de ser, por esas formas en que las personas se vanaglorian únicamente en su propio interés.

Había caído la noche y en la oscuridad del cuarto de estar, sentada en el sofá, por sus mejillas resbalaban ríos de lagrimas silenciosas que necesitaban perderse en las comisuras de sus labios como la noche necesita ver la luz al alba, eran penurias que precisaba de tomar aire y a la vez dar estrepitosos portazos enviando al desván de los recuerdos, una etapa mas de todo lo vivido.

A la madrugada despertó en el sofá, con un dolor de cuello por la postura y un nudo en la garganta por la desazón, casi era la hora de levantarse para marchar a su estudio. Como un resorte marcho directa a la ducha, al entrar se miro al espejo y sacando fuerzas de su propia sensación, exclamo drásticamente un “que se joda” y entro bajo la ducha que soltaba vaho y agua caliente en cantidad suficiente para perderse en la neblina

Al salir tras secarse en una toalla, se metió en la cama con una sola intención, pasar el día durmiendo, evadida de todo.

Pero el alba en ocasiones de torna como un mal compañero de sueños y el cansancio no se deja vencer por la mente y la mente juega a hacer estragos como loca de la casa que inunda y desempolva vivencias que estaban felizmente aparcadas en el desván rizando los rizos de lo que el tiempo anudo afortunadamente en el olvido.

La cama se convirtió en un torbellino de recuerdos, una noria en la que los fantasmas habían descubierto la posibilidad de retomar su vida y a la vez, degustaban unos momentos para rehacer aquellas sensaciones engalanadas de absurdo en las que se dedicaron a jugar con cada uno de los detalles que se amontonaban en la cabeza con la fuerza de un vendaval descontrolado.

Termino la tensión por levantarse de la cama, estiro sus brazos, sus piernas, su cuerpo, deseo tener compañía, pero ante su propia soledad, prefirió vestirse y salir a desayunar.

El empedrado de la calle vacía le molestaba y hoy se daba cuenta de todo el tiempo que había recorrido por allí sin darse cuenta. Las gentes se le cruzaban camino de sus trabajos o de la misa cercana, el frío de marzo se colaba entre los pliegues de su falda con los deseos desaforados de un resfriado que no se podía permitir. Unos empleados del ayuntamiento regaban las calles y barrían las aceras. Se escuchaba el estruendo de alguna persiana que se descorría para abrir la tienda. La luz poco a poco se desperezaba e iba dando vida y tono a la ciudad, la taberna cercana ya estaba con los clientes apoyados en la barra, donde descansaban sus brazos ante una taza vacía de café y un plato con migajas de churros y porras que eran compañeras de la primera copa de licor del día. Al entrar se sintió observada y deseada, de alguna manera esa sensación de macho insaciable y a la vez frustrado la molestaba, pero en el fondo era una manera de sentirse acompañada en su soledad más intima.